Los pasados 28 y 29 de abril de 2025, en la Ciudad del Vaticano, tuvimos la suerte de vivir el Jubileo de la Esperanza, dedicado a las personas con discapacidad. Una delegación de la Conferencia Episcopal Española, compuesta por 14 integrantes, nos unimos en comunión con personas de 95 países que acudieron estos días a Roma.
En nuestro grupo viajaron tres personas con discapacidad intelectual, otra con parálisis cerebral y yo, como persona ciega. Acompañados de familiares, catequistas y amigos, todo transcurrió en un gran clima de fraternidad. Eso sí, nos percatamos de la falta de accesibilidad en muchos detalles organizativos. Esperamos que sea el inicio para implementar medidas que puedan incorporarse en eventos posteriores de este tipo.
Pero para lo que no hubo barreras fue para vivir intensamente el camino de peregrinación con la cruz del Jubileo de la Esperanza por la Vía de la Conciliación hasta la tumba de san Pedro. Un grupo más nutrido, de unas 60 personas, nos fuimos turnando para llevar, en un tramo de esta vía, la cruz, en un momento muy emotivo. Daba igual que fueras ciego, sordo, con discapacidad intelectual o incluso en silla de ruedas; todos portábamos la cruz, que también simbolizaba una Iglesia sinodal. Al pasar por la Puerta Santa, la emoción se reflejaba en cada uno, algo que se repitió en las otras tres basílicas a las que también peregrinamos.
Este Jubileo de la Discapacidad fue un gesto histórico al integrar a nuestro grupo con capacidades diferentes —como le gustaba decir al papa Francisco— como un ámbito más de actuación en la Iglesia. Se nos hizo visibles y protagonistas, de un modo inclusivo, con eventos similares a los de otros grupos de peregrinos.
Tras ese momento inicial de pasar por la Puerta Santa, le siguió una celebración eucarística en la basílica de San Pablo Extramuros, muy participativa, llena de alegría y respeto, a pesar de la gran cantidad de personas congregadas. También hubo otro evento significativo en la Plaza de San Pedro, el martes 29, con testimonios muy enriquecedores. Con un almuerzo compartido y un final de fiesta musical y festivo, todo concluyó, y desde luego valió la pena celebrar, junto a hermanos de otros lugares, la riqueza de la discapacidad, con la esperanza que siempre debe acompañarnos. ¿Qué sector social cree más en la esperanza para superar las dificultades y seguir caminando, como lo hace la discapacidad?
Nos acordamos mucho del papa Francisco, que desde el cielo nos arropaba y que, sin duda, habría salido a saludarnos. En sus últimos años de vida abrazó la discapacidad y, como muchos, le costó asumirla; luego acogió su debilidad con la fuerza de Cristo y la fe que mueve montañas.
Por último, quiero agradecer el esfuerzo de la Conferencia Episcopal para hacer posible esta peregrinación, y que siga siendo sensible y proactiva en la implementación de medidas para las personas con discapacidad en nuestra Iglesia. Seguiremos dando testimonio de la alegría de vivir con una discapacidad, siendo testigos de Cristo y aportando nuestro granito de arena por una Iglesia de todos, con la gran esperanza de seguir caminando.
Mariano Fresnillo Poza


